El origen del café en Etiopía, el pastor Kaldi y sus ovejas

¿Cuánto hace que no lees un cuento?

Como muchas cosas en este mundo, nadie sabe de forma empírica y exacta cómo y cuándo se descubrió el café en el planeta Tierra, aunque se sabe que fue en Etiopía. Sobre el origen del café existen varias leyendas etiopianas, pero la que más fuerza tiene es la del pastor Kaldi y su rebaño de ovejas.

El pastor Kaldi era un muchacho etiopiano joven, astuto y observador que tenía un pequeño rebaño de ovejas. Como cada día, Kaldi sacaba bien pronto a sus borregos para que pastaran por el monte, y luego, cuando anochecía, se los llevaba otra vez al establo. Pero hubo un día que el joven Kaldi decidió cambiar la ruta para alimentar a sus animales y se las llevó por un camino nuevo.

El joven iba detrás de su rebaño, silbando y guiando a sus ovejas para que ninguna se perdiera. Hacía muy buen día: un sol radiante, el cielo claro y azul y pasaba una brisa muy agradable. Ese día Kaldi estaba pletórico, probar caminos nuevos para ver otros paisajes siempre le llenaba el alma.

Después de un buen rato de caminar, él y sus ovejas llegaron a una explanada alzada, con unas vistas a un valle que eran de escándalo. Y justo a la derecha, había una zona que estaba repleta de árboles con unas bayas redondas más verdosas en las ramas de los árboles y más rojas en el suelo.

El sol estaba bastante fuerte y como hacía rato que habían salido de sus prados, Kaldi guió a sus ovejas hasta que se colocaran debajo de la sombra de la arbolada y él se sentó a su lado, para reponer fuerzas. El apetito lo tenía saciado porque antes de salir había comido Injera, una especie de panckaque de textura esponjosa hecho a base de tef, un cereal endémico de Etiopía. Pero lo que sí que tenía era sed. Kaldi sacó su pequeño botijo que guardaba a buen recaudo y pegó un trago al tej, un vino de miel de sabor bastante potente. Al final, acabó por darle más de dos y tres sorbos y al cabo de un rato, le entró sueño y se durmió.

Quizás pasaron una, dos, o tres horas… a Kaldi el tiempo se le escapó de entre las manos, pero cuando se levantó, el sol estaba ya a dos dedos de tocar las montañas. Se levantó rápido y un poco preocupado. Estaban lejos de casa y no conocía el camino de vuelta. Si no se daba prisa, la noche les caería encima y tendrían que dormir al raso. Él y sus ovejas.

Kaldi empezó a silbar a sus animales para poner orden. Al principio costó un poco llamar su atención porque todas estaban enérgicas, activas. Pero al cabo de unos minutos, consiguió con muchísimo éxito emprender el camino. Durante el trayecto, Kaldi se dio cuenta que el ritmo de los pasos de sus borregos era más rápido de lo normal, respondían mejor a sus silbidos interactuaban más entre ellas. Al principio no conseguía adivinar por qué estaba pasando esto, hasta que en el camino, encontraron otra arboleda igual que la que habían encontrado al mediodía y algunas de las ovejas fueron directas a comer los frutos de color rojizo que estaban en el suelo. Entonces, Kaldi ató cabos y decidió llevarse algunos de esas bayas a casa: de las del suelo, las más rojas, y las del árbol. Nunca las había visto, pero parecía un buen fruto para tenerlo en la despensa de casa.

Cuando llegó al pueblo, contó lo que había observado en sus animales al vecindario, y también a los monjes del poblado. Estos, que entendían de remedios caseros y de pociones mágicas, quisieron dotarse de esta nueva energía infusionando las bayas verdes durante un buen rato antes de probar el resultado. ¡Pero fue un desastre! El sabor de ese brebaje era muy horrible, ¡muy desagradable!

Así que en un arrebato, uno de los monjes que más ilusión había puesto en la receta tiró las bayas al fuego, sin pensarlo demasiado. Y al cabo de unos instantes, pasó lo que nadie esperaba: los granos empezaron a tostarse y todo se inundó de un aroma maravilloso, muy agradable.

Así se descubrió el café, queridos ARRUGAOS y ARRUGÁS, y aunque le hemos puesto más imaginación de la que la leyenda cuenta, es cierto que el café se descubrió en Etiopía por un pastor y su rebaño de ovejas. Hoy, el proceso que aplican en Etiopía para tostar café se ha convertido en un ritual sagrado, y no se aleja demasiado de lo que hicieron los monjes: lo tuestan a sobre fuego, luego lo muelen en un mortero y lo sirven en una Jebena (una especie de vasija de barro). Todo acompañado de cantos y conversaciones para atraer la suerte y la fortuna.

En ARRUGAO tenemos café de Etiopía, un café fantástico con aroma a frutas, flores y dulces. “¿Café?”. “Por favor, y gracias”.